Cuento. Estaba por jugar una final y recordó el mejor gol de su vida

Cuento. Estaba por jugar una final y recordó el mejor gol de su vida

Por: Amadeo InzirilloViernes 11 Feb 2022

"El pibe en la foto"

 La foto está un tanto deteriorada por el paso del tiempo. Es de esas primeras fotos retratadas por las máquinas de rollo, en ese boom de los años noventa. El pibe de la foto tiene pantalones cortos y una camiseta a rayas verticales con el nueve en la espalda. A su lado, un tipo mayor lo espera para ponerle fin a esa carrera de gol y enfundarlo en un abrazo interminable.

El pibe de la foto no tiene más de 12 años, lo delata la camiseta que le desborda por todos lados. Y tiene, además, el deseo de varios chicos de esa edad, que anhelan desde temprano ser jugadores de fútbol. No le gustan las matemáticas, ni las verduras, ni los bailes de la escuela. Le gusta jugar a la pelota, en el momento que sea, a la hora que sea.

Su mamá le insiste con eso del estudio, pero su mamá no está en la foto. Ese que lo espera casi en cuclillas con los brazos abiertos es su papá, una especie de superhéroe que lo acompaña en el tren a entrenamiento después de haber trabajado diez horas y que le lleva el bolso de regreso a casa. 

La foto no está digitalizada. Para ese pibe no hace falta llevarla en su celular, ni en su computadora personal, a él le gusta tenerla en sus manos y mirarla cada vez que le hace falta. La pone encima de sus pertenencias antes de cerrar la valija previo a cada viaje y la tiene en cada mesa de luz de los hoteles que visita.

El pibe de la foto se mira en ella cada vez que puede. Hoy ya no es ese pequeño que soñaba con ser un goleador letal, y eso, en el fondo, le da un poco de nostalgia.  El tiempo es un camino complicado que lo devuelve a ese gol inolvidable, a esa corrida, a su papá y su sonrisa arrugada. A esa infancia que no era perfecta pero se le parecía demasiado. Con picados en continuado y con los brócolis bien lejos. Con sus amigos del barrio y su papá como enganche-asistidor cada vez que lo consideraba necesario para un ataque.

 Esa foto inmortaliza el mejor gol de su colección de tantos, de los muchos que habitan en los anaqueles de su memoria. Porque fue una patriada de su papá, que la recuperó en tres cuartos del patio de su abuela y lo asistió entre la maceta del fondo y la última columna del jardín, con la manguera habilitando a todos. La definición, sutil, de caño a la silla de plástico, ante el cierre inútil del chorro de agua del aspersor que mamá había olvidado apagar, es la decoración a un pase antológico y la previa a la corrida que arranca buscando al asistidor que se vence en su propio peso para quedar a la misma altura, con los brazos abiertos esperando su aterrizaje.

 Y el pibe que grita con lo que le queda de voz, preparado para tirarse de cabeza a ese momento que está recién naciendo pero ya pinta como inolvidable, y la madre que obtura retratándolos antes de abrazarse y caer al pasto en un sólo grito que de a poco se va extinguiendo con el eco como testigo.

Esa película le aparece al pibe cada vez que ve la foto, le acaba de suceder, de hecho. Es que se la topó de frente ni bien entró a la habitación antes de dormir la siesta en el Hotel cinco estrellas en el que está concentrado. En minutos tiene una final tremenda e intentará conciliar el sueño. Abajo, a quince pisos de distancia, empieza a escuchar a los hinchas que palpitan la previa e imaginan sus goles. 

Antes de cerrar los ojos vuelve a mirar en la foto a ese pibe que fue y a ese papá que lo espera ansioso para abrazarlo. "Mierda que pasó el tiempo", piensa mientras esboza una pequeña sonrisa. Su tristeza es el abrazo en la memoria y la certeza de que con él de este lado, esa final sería un trámite...

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